La escena teatral: El Rito que nos Habita

La cortina no ha subido aún, pero el pacto ya está sellado. Un murmullo contenido, un crujir de butacas, una expectación que se palpa en el aire.

Aquí, en este espacio sagrado que huele a madera vieja y esfuerzo, no hay pantallas que medien, ni algoritmos que seleccionen. Solo cuerpos presentes, almas expectantes y la promesa de un suceso único, irrepetible, que nacerá y morirá ante nuestros ojos.

El teatro es el arte de lo efímero, un fantasma hermoso que solo existe en el instante en que se comparte.Este milagro cotidiano en Cuba no es casualidad.

Es el fruto de una savia que brota de lo más profundo de nuestra identidad, regada por una voluntad que, hace décadas, decidió que la cultura no era lujo, sino necesidad.

Hoy, ante las complejidades de la Cuba actual , la escena se ilumina con una obstinación distinta: la de la creación que se reinventa. El teatro cubano es, por esencia, diverso, atrevido, y a menudo, incómodo.

No transige con la risa barata ni el divertimento hueco. Exige. Interpela. Y en esa exigencia mutua entre quien ofrece y quien recibe, reside su poder transformador, su catarsis necesaria.Esta vocación de verdad y desafío tiene una fecha fundacional en la memoria patria.

Un 22 de enero de 1869, en el Teatro Villanueva, la ficción traspasó el proscenio para fundirse con el grito de la nación. Cuando un actor lanzó un:

“¡Viva la tierra que produce la caña!” y la sala estalló en vivas a Cuba Libre, el arte dejó de ser representación para volverse acción.

La respuesta colonial fue una descarga de fusilería contra la madera del teatro, un episodio de sangre que Martí inmortalizaría en verso. Aquella noche, el teatro demostró que podía ser, literalmente, trinchera y bandera. Un lugar donde la palabra era un acto de resistencia.

Esa dualidad —arte como refugio y como ballesta— late hoy en grupos como el Estudio Teatral Macubá, dirigido por la sabia y poderosa Fátima Patterson, Premio Nacional de Teatro. Su trabajo es raíz y canto.

Bebe directamente de los patakines, de los ritos yorubas, de la oralidad viva del Palo Monte y la poesía antillana. En sus manos, el escenario se convierte en un areíto contemporáneo, un ceremonial donde lo popular no es estilo, sino esencia.

Es el teatro como rito de celebración a la vida, tal como lo reclama Patterson.Frente a un mundo convulso que nos señala, estas ideas recuperan su urgencia primordial. El teatro, en Cuba, es más que entretenimiento.

Es un espejo crítico y amoroso de quienes somos, un abrazo colectivo en la oscuridad, una ventana abierta para ventilar las verdades. Es, en sí mismo, un acto de persistencia.

Un recordatorio luminoso de que, incluso cuando las luces se apagan, la chispa de un gesto, la potencia de una palabra y la magia de un instante compartido, pueden ser la luz más resistente.

TV Santiago

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